Sridêr, señor de la Torre de Keristal

A continuación os presento un extracto que presenta al maestro Sridêr para que sirva de introducción a las dos maravillosas ilustraciones que Tamara Kadoura ha bordado para cumplir mis deseos. Espero que os gusten

“…—Veamos —dijo—. Seamos imaginativos —susurró con una media sonrisa—. Quiero ir a una tierra completamente desolada, apartada de cualquier signo de vida civilizada —se carcajeó—. Podía haber descrito un lugar más bonito…

Siguió escribiendo, cada vez con más celeridad y profusión.

—Quiero ver los acantilados negros, rotos por la erosión del viento y el mar. Quiero sentir su dolor al ser olvidados por la luz y el calor del sol. A mis espaldas me gustaría que hubiera una impresionante cadena montañosa. No demasiado grande, pero lo suficiente como para desafiar al mar desde sus altas cimas. Todo oscuro, todo duro y negro como una noche sin luna. Será un paisaje artificial, lleno de rocas volcánicas y exento de toda vida. No obstante, no pequemos de necios. El lugar en el que apareceré estará libre de peligros inmediatos. Seco, llano y con buena visibilidad. Una vez allí, ya veremos cómo me las apaño.

No pudo por menos que sonreír ante su demostración de creatividad. Había descrito un paisaje yermo, totalmente opuesto a lo que le gustaba y conocía. Sabía que no funcionaría, pero se estaba divirtiendo muchísimo…”

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Relato: Dhemar – Tierra Antigua

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Hace algunos años, y como no podía ser de otra manera, Abel Murillo y yo pergeñamos (más yo que él, lo reconozco) un posible cruce (crossover) entre su Tierra Antigua y mi Dhemar. Me proporcionó un mapa, y con los conocimientos que yo ya tenía al haber leído un par de veces sus libros, le presenté un prólogo. Le gustó, o eso me dijo… Pero como ambos estamos más liados que “la pata un romano” aquello quedó allí.

Hoy, buscando otra cosa, he encontrado aquello que escribí, y voy a compartilo con vosotros, tal vez sea lo único que veamos de ese proyecto, pero me gustó, me gusta y espero que os guste a vosotros.

Prólogo

 Era la primera vez en siglos que podía decir que los tiempos de Paz, con mayúsculas, habían llegado. Tras tantos años preocupado por el destino de Karman, ahora, pasados algunos lustros de la última batalla, estaba absolutamente convencido de que las cosas estaban en orden. Podría haber descansado, relajarse, pasar tiempo con los amigos; pero él era Sridêr, señor de la Torre de Keristal y uno de los magos más poderosos del universo. No, él no podía descansar, por eso tenía otro proyecto entre manos.

            Estaba sentado en su cómodo sillón de cuero azabache. Los codos reposaban sobre la mesa, y sus ojos se movían a la velocidad del rayo a la vez que imaginaban. Tenía en mente algo que nunca antes se había intentado. Su maestro, uno de los decanos de la orden, allá en el continente de Enthenor, lo había planteado alguna vez, pero de un modo meramente teórico.

            —El arma más poderosa de un mago —decía—, es su imaginación. Las palabras y componentes de muchos hechizos son guías que permiten a los hechiceros mortales usar la magia —en ese momento, el decano en cuestión solía dejar sus palabras en suspenso para que los estudiantes pensaran y quedaran enganchados en su argumento—. Sin embargo, nosotros somos capaces de algo más. ¡Nosotros podemos crear magia! —exclamaba extasiado—… o al menos, en teoría podríamos… —Terminaba apesadumbrado, sabedor de que estaba defendiendo un imposible.

            Sin embargo, al señor de la Torre siempre le había resultado una idea muy atrayente, y ahora, después de cientos de años de experiencia, conocimiento y poder, tras un periodo estable de paz; ¡era el momento de intentarlo! No sabía a ciencia cierta si podría funcionar, pero en los últimos tiempos, una idea había ido tomando forma en su cabeza: si la imaginación era la forma de conseguir la creación de magia, ¿qué tal si usaba el arte y su imaginación para comenzar la tarea?

            Había elegido un hechizo que, si bien demandaba gran cantidad de energía, era muy sencillo en su creación. Unas pocas palabras arcanas y listo: se teletrasportaría. Sin embargo, para crear la magia, necesitaba imaginar algo, y decidió utilizar la escritura. Describiría un lugar completamente inventado para la ocasión, e intentaría llegar a él. Si todo iba como pensaba, no lo lograría, por supuesto, pero sentiría el fluir de la magia si esta se producía, lo que confirmaría el antiguo postulado de su maestro.

            Dio orden a Bastian de que nadie lo molestara durante aquel día, así que estaría completamente solo. Cogió un pliego de papel de un montón que reposaba en la esquina superior izquierda de su mesa de cerezo, hizo lo propio con su más querida pluma y, sin pensárselo dos veces, comenzó a describir.

            —Veamos —dijo—. Seamos imaginativos —susurró con una media sonrisa—. Quiero ir a una tierra completamente desolada, apartada de cualquier signo de vida civilizada —se carcajeó—. Podía haber descrito un lugar más bonito…

            Siguió escribiendo, cada vez con más celeridad y profusión.

            —Quiero ver los acantilados negros, rotos por la erosión del viento y el mar. Quiero sentir su dolor al ser olvidados por la luz y el calor del sol. A mis espaldas me gustaría que hubiera una impresionante cadena montañosa. No demasiado grande, pero lo suficiente como para desafiar al mar desde sus altas cimas. Todo oscuro, todo duro y negro como una noche sin luna. Será un paisaje artificial, lleno de rocas volcánicas y exento de toda vida. No obstante, no pequemos de necios. El lugar en el que apareceré estará libre de peligros inmediatos. Seco, llano y con buena visibilidad. Una vez allí, ya veremos cómo me las apaño.

            No pudo por menos que sonreír ante su demostración de creatividad. Había descrito un paisaje yermo, totalmente opuesto a lo que le gustaba y conocía. Sabía que no funcionaría, pero se estaba divirtiendo muchísimo.

            De repente, sintió algo diferente en la estancia. Un cosquilleo lejano, un rumor que llamaba sutilmente a su cerebro. Poco a poco, el rumor se convirtió en ruido, y Sridêr miró sorprendido —a pesar de sus muchos años de experiencia—, como el pliego de papel que había estado utilizando comenzó a vibrar. Extrañamente asustado, el mago se levantó de su sillón y dio un paso atrás, reculando. Su inteligencia trabajaba a marchas forzadas para discernir lo que estaba pasando.

            La vibración se convirtió en un viento huracanado que comenzó a zarandear cualquier cosa que se interpusiera en su camino. Las ropas del mago, pantalón y camisa azul oscuro, parecían un mar embravecido. El colgante con su sello, que siempre pendía de su cuello, amenazaba con abandonarlo, tal era la magnitud de las rachas de viento. Sridêr se dio cuenta de que, a pesar de que escapaba a su control, había creado magia de su imaginación, por lo que una sonrisa de triunfo se asomó a sus labios. No obstante, tenía que poner remedio al desastre que se avecinaba, por lo que comenzó a concentrarse para tratar de detener todo aquello.

            Y daba la impresión de que lo estaba consiguiendo. La fuerza de los elementos comenzó a decrecer, y al cabo de pocos segundos, solo quedaba como recuerdo de su experimento varios anaqueles rotos, y algún que otro libro caído.

            —¡Ha estado cerca! —Exclamó el mago con una alegría que hacía tiempo que no sentía—. Pensé que la cosa se me iba de las…

            No pudo terminar la frase, el pliego de papel que aún conservaba en la mano fue perdiendo consistencia; adquiriendo una elasticidad impresionante que también deformaba el espacio que lo circundaba. Sridêr no tuvo tiempo ni de pensar, cuando quiso darse cuenta, el centro del papel se convirtió en un vórtice abisal que lo succionó sin remedio. Después de eso, la habitación quedó completamente quieta, con una serenidad antinatural, como si nunca nadie hubiera estado allí.

El transporte no había durado ni un segundo. Sridêr inspeccionó cada una de las partes de su cuerpo; su elegante barba castaña, al igual que su pelo, estaban algo revueltos, pero por lo demás todo estaba bien. La sensación que había vivido al atravesar aquel vórtice travieso era muy difícil de describir. Nada de lo que hubiera sentido antes. Fue como si lo hubieran desintegrado para volverlo a integrar un segundo más tarde. Todavía tenía el estómago revuelto, a pesar de estar acostumbrado a la teleportación.

            Y entonces levantó la mirada. Lo que vio le llenó de asombro: un paisaje negro, duro y desapacible. Se encontraba en un llano, frente a unos acantilados enormes, azotados por un mar oscuro y poderoso. Cuando se dio la vuelta, observó unas montañas enormes, mucho mayores de lo que había imaginado, negras como el tizón, salvo en sus altos picos cubiertos de nieve. La superficie era porosa, como si fuera una esponja, pero dura y afilada como la roca que era. Sin embargo, lo más difícil de soportar para el sorprendido mago era el olor: una fetidez infernal que se metía en cada poro de la ropa y de la piel. Un penetrante olor a azufre que le hacía sentirse extrañamente incómodo.

            —¡Te has lucido! —dijo en voz alta, para notar el sonido de tu voz—. ¿No querías nuevos retos? Pues aquí tienes uno de ellos.

            El cielo estaba oscuro, pero era debido a unas nubes negras y espesas que parecían cubrir el entorno de forma perenne. Su entrenamiento y experiencia le decían, no obstante, que no debería de ser demasiado tarde. Podría volver a la Torre, pero algo en su interior le decía que merecía la pena investigar un poco. No es que estuviera en el paraíso, pero había estado en lugares peores, mucho peores a lo largo de su vida. Trató de hacer memoria para evocar uno de ellos, y constató consternado, que no recordaba ninguno después de todo.

CCBIV: La Búsqueda y Whiteveil Harp

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Hace casi un año exacto, La Búsqueda, la tercera entrega de los Cuentos del Círculo de Bardos veía la luz. Para darle a la historia la máxima calidad posible, además del texto, incluí una portada excepcional de Javier Charro, unas ilustraciones interiores magníficas de Pako Palacios que encabezaban sendos relatos que completaban la historia principal y un prólogo de Jesús B. Vilches que me sacaba los colores.

Sin embargo, para poner la guinda a semejante pastel faltaba algo. Y, tras revisar el trabajo, me di cuenta que la canción-hechizo de G’herim merecía ver la luz. Le pasé los versos a Rosa María (Whiteveilharp) e hizo la maravillosa canción que os dejo a continuación. Esta entrada es para reconocer el trabajo de todos aquellos que colaboraron conmigo, especialmente a Rosa. Espero que os guste.

Cuentos del Círculo de Bardos IV: El Último Desafío.

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El cierre de la saga se acerca. Unos cuantos locos nos hemos aliado para que el último gran cuento del Círculo de Bardos llegue a su fin este verano. Marina Vidal, Recondita Rick y un servidor estamos dándole cuerpo al que creo será un digno cierre de Saga.

Para ir abriendo boca, os dejo una de las ilustraciones de la cuarta entrega. En ella, Arhyent y Rafa, cruzan aceros en un combate apasionante. Así quién no es capaz de inspirarse. Espero que os guste, porque esto es solo el principio.

Arhyent y Rafa

Arhyent y Rafa